SUSPIRIA

miércoles, febrero 18, 2004


Como torbellinos de polvo, los vivos giran sobre sí mismos suspendidos en el gran viento de la vida. Imitan la inmovilidad a tal punto que los tratamos como cosas más que como procesos. Olvidamos que su forma es sólo un diseño de lo esencial de la vida: el movimiento que la transmite... Por eso, una forma debería ser ante todo un lugar de paso hacia la creación de otra forma; nada sino un perpetuo renovarse, porque no hay cosas, no hay más que acciones... El movimiento de la creación, así concebido, lo experimentamos cuando actuamos libremente.






Experimentamos vergüenza de que hayan existido hombres capaces de ser nazis, de no haber sabido o no haber podido impedirlo. Pero también experimentamos vergüenza de nuestra especie en situaciones ridículas: frente a una idea demasiado vulgar, un show televisivo o el discurso de un ministro. Este es para mí uno de los más poderosos motivos para filosofar e intentar constituir una filosofía política.






la destrucción fue mi Beatrice




domingo, febrero 15, 2004
Sobre el derecho a disponer de la carne

"Voy a contar lo que hice una vez con mi cuerpo: En Leysin, en 1945, para hacerme un pneumotórax extrapleural, me quitaron un pedazo de costilla, que luego me devolvieron solemnemente envuelto en un pedazo de gasa medicinal (los médicos, suizos, es verdad, proclamaban así que mi cuerpo me pertenece, sea cual fuere el estado desmembrado en que me lo devuelvan: soy el dueño de mis huesos, tanto en vida como muerto). Durante mucho tiempo guardé en una gaveta ese pedazo de mí mismo, suerte de pene óseo parecido al asa de una chuleta de cordero, sin saber qué hacer con él, sin atreverme a deshacerme de él por temor a atentar contra mi persona, pese a que era bastante inútil tenerlo encerrado así en un escritorio, entre objetos “preciosos” tales como viejas llaves, una libreta escolar, el carnet de baile de nácar y el porta-tarjetas de tafetán rosado de mi abuela B. Pero luego, un día, comprendí que la función de toda gaveta es suavizar, aclimatar la muerte de los objetos haciéndolos pasar por una suerte de lugar piadoso, de capilla polvorienta donde, con el pretexto de conservarlos vivos, se les proporciona un tiempo decente de mustia agonía y, aunque no llegué hasta la osadía de echar ese pedazo de mí mismo en el basurero colectivo del edificio, arrojé la costilla con su gasa desde el balcón, como si dispersase románticamente mis propias cenizas, hasta la calle Servandoni, donde seguramente vendría algún perro a olfatearla".








Buenos Aires, 19 de diciembre, 2001